La muerte es como un vecino molesto que viene a pedirte sal a las 4 de la mañana.


Hoy en el blog tengo una colaboración de lujo, Mónica Álvarez colabora hoy con un tema que a todos nos atañe tarde o temprano:

La muerte es como un vecino molesto que viene a pedirte sal a las 4 de la mañana.

La muerte es como un vecino molesto que viene a pedirte sal a las 4 de la mañana.

 

No estamos preparados para las despedidas.

 

Querríamos poder quedarnos un poquito más.

 

Como un bebé que se aferra a los brazos de su madre y llora y patalea para que no lo separen.

 

Así nos sentimos cuando alguien querido se prepara para su último viaje.

Es como un vecino molesto que viene a pedir sal a las cuatro de la mañana.

 

Nos sacan de la cama, nos asustan pensando si será algo serio, nos vestimos para quitarnos las capas de sueño en las que estamos inmersos…

 

Miramos por la mirilla y vemos que es ese vecino pesado que no entiende ni de horas ni de días para llamar a la puerta.

 

Puedes no abrir, puedes echarle una bronca, puedes darle la sal, dejar de saludarle, puedes llamar a la policía…

 

Cuando se presenta la muerte no tienes manera de zafarte.

 

Viene a cualquier hora.

 

Siempre es molesta. No sirve de nada cerrar la puerta, pasará de todos modos.

 

Si llamas a la policía te tacharan de loca.

 

Si dejas de saludarle se reirá en tu cara.

 

La muerte es un vecino molesto que no entiende de días ni de horas. Que vendrá a reclamar lo suyo cualquier día a la hora que le venga en gana.

 

Y cuando te pida lo que quieres, se lo darás. Porque no tienes manera de negarte.

 

En nuestra sociedad vivimos de espaldas a la muerte, sin querer asumir que en cualquier momento te puede tocar.

 

A ti, a tu hijo, a tu padre, a tu abuelo… Todos estamos en la ruleta, nadie se libra.

 

Y en estas circunstancias es cuando una saca fuerzas de donde no las hay para acompañar, para estar, para “ser”.

 

Vivimos en una sociedad de “hacer”. Si no hacemos es como si no existiéramos.

 

Y hay momentos en los que no se puede hacer más que acompañar.

 

Acompañar a los dolientes o a la propia persona que esta preparándose para su último viaje.

 

Porque no sabemos ni el día ni la hora…

 

Igual que no sabias cuándo ibas a parir y esperaste llenando tus días de sentido y amor por tu hijo que se preparaba para viajar.

 

Igual que pasaste horas con él en la teta sin hacer nada más que mirarlo….

 

Para quienes hemos acompañado la vida debería ser sencillo acompañar la muerte porque son procesos opuestos, pero similares.

 

En ambos algo se rompe para dar lugar a algo nuevo.

 

Hay momentos en los que se trata de dejar que el cuerpo siga su curso.

 

El contacto emocional no es algo que suceda en la crianza, sino que también debería ocurrir en el tiempo del último viaje.

 

Porque tiene que sentirse uno muy solo cuando sabe que se va a ir y no va a poder llevarse absolutamente nada de lo que le resulta cercano y conocido.

 

Y más aún, cuando más vulnerable se es (en el nacimiento y en la muerte), saber que los días transcurren en un lugar con personal eficiente pero frío, sin nadie que te coja simplemente la mano y se siente contigo a esperar que se agote el último minuto del reloj.

 

Mónica Álvarez

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